Collatio – 4° entrega

Óleo de San Antonio Abad

Antonio se muda a Pispir

Al día siguiente se fue, inspirado por un celo aún mayor por el servicio de Dios. Fue al encuentro del anciano ya antes mencionado (3-5) y le rogó que se fuera a vivir con él en el desierto. El otro declinó la invitación a causa de su edad y porque tal modo de vivir no era todavía costumbre. Entonces se fue solo a vivir a la montaña. ¡Pero ahí estaba de nuevo el enemigo! Viendo su seriedad y queriendo frustarla, proyectó la imagen ilusoria de un disco de plata sobre el camino. Pero Antonio, penetrando en el ardid del que odia el bien, se detuvo y, desenmascaró al demonio en él, diciendo: ” ¿Un disco en el desierto? ¿De dónde sale esto? Esta no es una carretera frecuentada, y no hay huellas de que haya pasado gente por este camino. Es de gran tamaño y no puede haberse caído inadvertidamente. En verdad, aunque se hubiera perdido, el dueño habría vuelto y lo habría buscado, y seguramente lo habría encontrado porque es una región desierta. Esto es engaño del demonio. ¡No vas a frustrar mi resolución con estas cosas, demonio! ¡Tu dinero perezca junto contigo!” (Hch 8:20). Y al decir esto Antonio, el disco desapareció como humo.

Luego, mientras caminaba, vio de nuevo, no ya otra ilusión, sino oro verdadero, desparramado a lo largo del camino. Pues bien, ya sea que al mismo enemigo le llamó la atención, o si fue un buen espíritu el que atrajo al luchador y le demostró al demonio de que no se preocupabas ni siquiera de las riquezas auténticas, él mismo no lo indicó, y por eso no sabemos nada sino que era realmente oro lo que allí había. En cuanto a Antonio, quedó sorprendido por la cantidad que había, pero atravesó por él, como si hubiera sido fuego y siguió su camino sin volverse atrás. Al contrario, se puso a correr tan rápido que al poco rato perdió de vista el lugar y quedó oculto de él.

Así, afirmándose más y más en su propósito, se apresuro hacia la montaña. En la parte distante del río encontró un fortín desierto que con el correr del tiempo estaba plagado de reptiles. Allí se estableció para vivir. Los reptiles como si alguien los hubiera echado, se fueron de repente. Bloqueó la entrada, después de enterrar pan para seis meses -así lo hacen los tebanos y a menudo los panes se mantienen frescos por todo un año-, y teniendo agua a mano, desapareció como en un santuario. Quedó allí solo, no saliendo nunca y no viendo pasar a nadie. Por mucho tiempo perseveró en esta práctica ascética; solo dos veces al año recibía pan, que lo dejaba caer por el techo.

Sus amigos que venían a verlo, pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería dejarlos entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética, haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y chillando: “¡Ándate de nuestro dominio! ¿Que tienes que hacer en el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución.” Al principio los que estaban afuera creían que había hombres peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras, pero cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron cuenta que eran los demonios los que estaban en el asunto, y, llenos de miedo, llamaron a Antonio. El estaba más inquieto por ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta les aconsejó que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: “Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos.”

Entonces se fueron, fortalecidos con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir ningún daño de los demonios. Pero tampoco se fastidiaba de la contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de visiones y la debilidad de sus enemigos, le daban gran alivio en sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarlo muerto, pero lo escuchaban cantar: “Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite las cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios” (Sal 67:2). Y también: “Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé” (Sal 117:10).

Así pasó casi veinte años practicando solo la vida ascética, no saliendo nunca y siendo raramente visto por otros. Después de esto, como había muchos que ansiaban y aspiraban imitar su santa vida, y algunos de sus amigos vinieron y forzaron la puerta echándolas abajo, Antonio salió como de un santuario, como un iniciado en los sagrados misterios y lleno del Espíritu de Dios. Fue la primera vez que se mostró fuera del fortín a los que vinieron hacia él. Cuando lo vieron, estaban asombrados al comprobar que su cuerpo guardaba su antigua apariencia: no estaba ni obeso por falta de ejercicio ni macilento por sus ayunos y luchas con los demonios: era el mismo hombre que habían conocido antes de su retiro.

El estado de su alma era puro, pues no estaba ni encogido por la aflicción, ni disipado por la alegría, ni penetrado por la diversión o el desaliento. No se desconcertó cuando vio la multitud ni se enorgulleció al ver a tantos que lo recibían. Se tenía completamente bajo control, como hombre guiado por la razón y con gran equilibrio de carácter.

Por él sanó a muchos de los presentes que tenían enfermedades corporales y liberó a otros de espíritus impuros. Concedió también a Antonio el encanto en el hablar; y así confortó a muchos en sus penas y reconcilió a otros que se peleaban. Exhortó a todos a no preferir nada en este mundo al amor de Cristo. Y cuando en su discurso los exhortó a recordar los bienes venideros y la bondad mostrada a nosotros por Dios, “que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rm 8:32), indujo a muchos a abrazar la vida monástica. Y así aparecieron celdas monacales en la montaña y el desierto se pobló de monjes que abandonaban a los suyos y se inscribían para ser ciudadanos del cielo (Hb 3:20; 12:23).

Una vez tuvo necesidad de cruzar el canal de Arsinoé -la ocasión fue para una visita a los hermanos-; el canal estaba lleno de cocodrilos. Simplemente oró, se metió con todo sus compañeros, y pasó al otro lado sin ser tocado. De vuelta a su celda, se aplicó con todo celo a sus santos y vigorosos ejercicios. Por medio de constantes conferencias encendía el ardor de los que ya eran monjes e incitaba a muchos otros al amor de la vida ascética; y pronto, en la medida en que su mensaje arrastraba a hombres a través de él, el número de celdas monacales se multiplicaba y para todos era como un padre y guía.

Extraído de “Vita Antonii” – Enviado por Hno. Julio

ermitavirtual@gmail.com

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12 respuestas a Collatio – 4° entrega

  1. alexandra dijo:

    Gracias por darme a conocer esta santa vida de Antonio…su vida es una invitación (también hoy) a buscar ese encuentro con Dios a través del encuentro consigo mismo. Conocer los demonios que nos acechan…descubrir sus artimañas…padecer los “tironeos” de la tentación…
    Cuando nos quedamos solos…es como si todo saliese a flote…y dejar que salgan esas voces interiores que acechan como “león rugiente buscando a quien devorar”…es un proceso de purificación, necesario para poder encontrar la libertad propia de los hijos de Dios. Y que con el fuego del Amor todo se vaya purificando, sosegando, pacificando.

    Es una purificación pasiva, como nos dice Antonio: “dejar que los demonios se enloquezcan ellos mismos”…mientras, sin temor, volvemos “a casa”. Veinte años a pan y agua…en la oscuridad…para luego ver “al mismo hombre que habían conocido antes de su retiro”…

    Era el mismo hombre…pero…no era el mismo sino Transfigurado…en su verdadera identidad: el mismo Cristo.

    Gracias un fraternal abrazo en Jesús , desde el corazón.

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    • mario de Cristo Salvador dijo:

      Gracias a ti Alexandra. Comparto esa experiencia que mencionas, la de que “todo sale a flote” cuando uno permanece en soledad o en quietud. Uno puede observar como destaca lo interior, que estaba atenuado por el vértigo externo.

      Enfrentarse con los “ojos abiertos” a ello, atrevernos a ver nuestros temores, angustias, ansiedades y mezquindades… sin escaparnos con racionalizaciones, resulta doloroso para el ego, pero útil para el alma.

      Antonio y el arquetipo que Atanasio nos muestra con su vida, es un ejemplo de la férrea determinación que nos hace falta,aunque cambien los contextos y las acciones sean menos vistosas.

      Un saludo fraterno, invocando a Cristo.

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      • Hermana Maria dijo:

        Estoy segura que las racionalizaciones son un peligro para la vida. Cuándo mi madre ha muerto un sacerdote se sorprendía con mi dolor y me ha dicho que esperaba de mí una reacción en la fe y que debía racionalizar.
        Mi fe estaba intacta, no he racionalizado nada, estuve deprimida y ahora tengo paz y reencuentro mi alegria y encantamiento en la vida, en Dios, segura de la comunión de los santos.
        El discurso de la racionalización es un discurso peligroso, es uno de los diablos que nos pueden atacar, como Santo Antonio.

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      • alexandra dijo:

        Gracias hermano Mario, tus palabras son iluminadoras para el trabajo interior; como bien dices, el poder saber de nuestros ” temores, angustias, ansiedades y mezquindades”… verlas, no interpretarlas, verlas con los ojos bien abiertos, tal como son. Y el ego claro que sufre…no aguanta su desnudez, porque es amigo de las máscaras, de lo falso, de la trampa…pero ver la desnudez…tal vez ese sea el encuentro “cara a cara” entre Dios y nosotros…tal vez sea esa la unión entre Dios y nosotros, porque cuando lo falso se “cae”… tan sólo Dios queda en uno…el Emanuel.

        Un abrazo en Cristo Jesús!

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  2. fernando dijo:

    estimados hnos en Cristo Jesus

    gracias por estar ahí y por sus enseñanzas sobre estos primeros eremitas, cada vez abrazo mas la soleda y el silencio a traves de la oración de jesus, a base de hacer un cierto silencio interior a traves de la invocacion, pero me es dificil en mi dia normal, cuando salgo de casa no caer en las tentaciones que aparecen en mi vida(en el trabajo, con los compañeros, amigos…..) rueguen por mi para que este camino que he comenzado gracias a ustedes sea iluminado por Dios nuestro señor para buscar e ir como s. Antonio en busca de la PAZ verdadera.
    oraciones y que el señor les guarde

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    • Hno. Julio dijo:

      Estimado Hermano Paz!

      El camino del silencio interior es un proceso a largo plazo. La práctica de la oración de Jesús también. Seguramente el Hno Mario podrá orientarte mucho mejor en este aspecto. Hace un tiempo me llegó un material que voy a buscar y enviártelo, es la experiencia de un joven de la ciudad y su experiencia con la oración de Jesús.

      Un abrazo desde Uruguay.

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    • mario de Cristo Salvador dijo:

      Ciertamente Fernando que no es tarea fácil. Sin embargo, esta dificultad de silenciar la mente en medio de la agitación de lo cotidiano, puede favorecer la construcción de “la celda interior”.

      Persistir en vivir centrados en la atención a la presencia de Dios y sostener con calma la repetición de la oración de Jesús o la forma de oración personal que se utilice, puede fortalecer el alma contra los embates diversos.

      Quiero decir: Si logras ir aumentando el tiempo de calma interior y de oración, a pesar del ruido y de la agitación, será una calma templada, de mayor solidez.

      Un abrazo invocando el Nombre.

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    • Hermana Maria dijo:

      Yo, mismo sin salir de casa tengo miles tentaciones, mis gatos que me distraen cuando quiero trabajar, los libros que tengo ganas de leer, el téléfono y los amigos que llaman o que a mí me dá gusto llamar…

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  3. Noe dijo:

    Cuando san Antonio va ha buscar al venerable anciano para que abrace junto a él la vida eremítica,y este le niega la propuesta,dice que no era costumbre llevar ese estilo de vida.
    Esto quiere decir que realmente Antonio fue el pionero en la vida monástica cristiana,atrayendo hacia esta a los primeros monjes que serían la simiente para toda una tradición monástica cristiana que perdura con fuerza hasta la actualidad.
    Es cierto que antes de Antonio ya vivía como ermitaño san Pablo,pero quien creó escuela fué san Antonio,al congregar junto a él a los primeros discípulos del monacato.
    Mas tarde se escribiría la primera regla para cenobitas,la regla de san Pacomio.
    Nosotros somos herederos de estos santos ilustres,por tanto que san Pablo,san Antonio,san Pacomio,san Basilio y san Benito nos guien en nuestra vocación.
    Dios os bendiga

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    • Hno. Julio dijo:

      Estimado Hno Noé, mucha paz!

      Atanasio tiene como objetivo en la vida de Antonio, presentar un modelo a seguir. Si Antonio fue el primero o no nunca lo sabremos. En el Monacato Primitivo, Dom Colombás, plantea que existían muchos ascetas y vírgenes en torno a las aldeas y poblados. También que algunos se trasladaron al desierto y las montañas para protegerse en tiempos de persecuciones o de relajamiento eclesial. Esta obra, es estudio científico, historia real. La vida de Antonio, una catequesis para mantener viva la experiencia monástica.

      Un abrazo.

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  4. uno más dijo:

    Magnífica la vida eremítica de Antonio. No es mi caso (sueño con ello) si encontrara un disco lo guardaria, si oro seria minero una temporadita.
    ¡¡Hermanos!! necesito mucha oración, mucha y un POQUITO de Humildad; menos mal que Nuestro Señor es infinitamente Misericordioso…..sino de cabeza con pedro botero (como decia mi abuela, no se XQ)

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    • Hno. Julio dijo:

      Estimado Hermano, mucha paz. Oro por ti en cuanto a la humildad, como dice Benito (RB 7) es un largo camino que el monje y la monja tienen que recorrer. Ten paciencia y como propone Benito a las personas que abrazan la vida monástica: toma como guía para que merezcas ver a Aquel que nos llamó a su reino (RB prólogo 21).

      Lo importante de este capítulo, es la convicción de Antonio de ir en busca de Quien es nuestro origen y destino. Esta búsqueda es una actitud de todo monje y monja: “busca la paz y corre tras ella” (RB prólogo 17). Eso es lo que hizo Antonio.

      Todas las personas estamos llamadas a ese encuentro. La vida eremítica es sólo un camino entre muchos otros. Lo importante es que las cristianas y los cristianos no nos salvamos en soledad, individualmente, sino, como decía un viejo conocido, “nos salvamos en racimos”.

      Un abrazo navideño.

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