La formación espiritual: el camino del corazón

 

Tras muchos años de esfuerzo por vivir intensamente mi vida espiritual, hoy sigo haciéndome una serie de preguntas: “¿Dónde me encuentro yo como cristiano?”. “¿Qué progresos he hecho?”. “¿Amo a Dios ahora más que en épocas anteriores de mi vida?”. ¿Ha madurado de alguna manera mi fe dese que empecé a recorrer el camino espiritual?”… Sinceramente, no sé qué repuesta debo dar a estas preguntas.Tengo tantas razones para mostrarme pesimista como para dejarme llevar por el optimismo. Muchas de las luchas de hace veinte o cuarenta años siguen todavía, en buena medida, vivas en mí. En este momento sigo buscando la paz interior, tratando de que mis relaciones con los demás sean creativas y de que mi experiencia de Dios sea más profunda. Y me es imposible saber con cereza si los pequeños cambio psicológicos y espirituales que he experimentado durante las últimas década me han hecho una persona más o menos espiritual.

En una sociedad que sobrevolara el progreso, el desarrollo y el éxito personal, la vida espiritual se deja deslumbrar por los resultados aparentes y se orienta fácilmente al rendimiento: “¿En qué nivel me encuentro yo ahora y qué teno que hacer para acceder al siguiente nivel?!. “¿Cuando alcanzaré personalmente la unión con Dios?!. “¿Cuando experiementaré la iluminación?”… Muchos santos importantes han escrito sus experiencias religiosas, y muchos creyentes menos santos las has sistematizado en diferentes fases, niveles o etapas. Estas distinciones pueden ser útiles para quienes escriben libros destinados a instruir a los fieles, pero es muy importante que nosotros nos olvidemos del mundo de las medidas cuando hablamos de la vida del Espíritu.

Tal como yo veo hay las cosas, la formación espiritual no trata acerca de los peldaños o etapas que encuentra el alma en su camino hacia la perfección. Lo que realmente le interesa son los movimientos de la mente hacia el corazón a través de la oración, movimientos que, en sus múltiples formas, nos unen con Dios, con nuestros semejantes y con nuestro más auténtico yo.

El místico ruso Teófanes el Recluso escribió:

“Sólo quiero recordarte una cosa: se ha de descender con la mente al corazón y permanecer ahí ante el rosto omnipresente del Señor, viéndolo todo dentro de ti. La oración contará con un asidero firme y seguro cuando en el corazón empiece a arder un pequeños fuego. Trata de no apagar este fuego, y se consolidará de tal manera que la oración se repetirá a sí misma: y entonces tendrás dentro de ti un riachuelo que susurra.” [habla en el contexto de la oración de Jesús, de la oración del Santo Nombre]

A través de los siglos, esta visión de la oración ha sido central en las tradiciones espirituales. Orar es permanecer en presencia de Dios con la mente en el corazón, es decir, en el punto de nuestro ser en que no existen divisiones ni distinciones, porque en él somos totalmente uno con nosotros mismos, con Dios, con los demás hombres y con el conjunto de la creación. En el corazón de Dios mora el Espíritu, y es ahí donde tiene lugar el gran encuentro. Ahí un corazón habla a otro corazón cuando estamos en presencia del Señor, omnipresente, viéndolo todo dentro de nosotros. Y ahí, en la sede del corazón tiene lugar la formación espiritual.

[…]Aunque muchas personas estén de acuerdo en la necesidad de la formación espiritual, la cuestión de su aplicación práctica sigue siendo para la mayoría muy di´ficil de responder. El hecho de que en la historia de la espiritualidad cristiana occidental hayamos contado con tantas “escuelas” -representada por figuras como (Pseudo)Dionisio el Aeropaguita, Benito de Nursia, Francisco de Asís, Maestro Eckhart, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Jhon Wesley, George Fox, Thomas Merton y el Hermano Roger y la Comunidad de Taizé- demuestra claramente que los métodos de formación espiritual son muchos. Pero bajo esta enorme variedad es posible descubrir un pequeños número de práctica que han demostrado fehacientemente su utilidad como guías para todas aquellas personas preocupadas por el crecimiento espiritual propio y ajeno. Voy a fijarme aquí en cinco de estas prácticas que parecen haber tenido especial importancia: reflexión sobre los documentos vivos de nuestros propios corazones y tiempos, lectio divina, silencio, comunidad y servicio. Practicadas en común, especialmente con un director y una comunidad de fe, todos estos ejercicios contribuyen a moldear nuestros corazones para Dios.

[Extracto de Henri J. M. Nouwen (et al): Formación espiritual. Siguiendo los impulsos del Espíritu. Sal Terrae, Santander, 2011. pp 21 ss.]

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4 respuestas a La formación espiritual: el camino del corazón

  1. Susana dijo:

    Muchísimas gracias por los comentarios . Me ayudan para crecer cada día , en mi camino espiritual… bendiciones

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  2. Graciela dijo:

    La Sed de Dios es el aspecto fundante del Camino Espiritual y esa tiene una “medida” que es personal de cada quien… Los seres humanos como seres racionales necesitamos “cuantificar” y “cualificar” hechos y cosas, medir tiempos y resultados…es sencillamente naturaleza humana. Nuestra razón nos lleva a “evaluar” “cuantificar” etc. pero también a “buscar” “discernir” y “elegir”… Naturaleza creada por Dios… por lo tanto no es algo que debamos reprimir, restringir, sino aceptar e integrar. Integrar nuestras debilidades, nuestras carencias, nuestras propias sombras a nuestras luces y sentidos elevados de la Vida Religiosa es la vía de acceso a escuchar y encontrarnos con ese susurro silencioso del Dios que buscamos. Sin este aspecto nuestro en el camino, podemos confundir la Voz, la Presencia de Dios con tantas voces y presencias ocultas que moran en nuestros diferentes niveles de conciencia. Todos los caminos sinceros, humildes que pisan sobre las piedras de la necesidad personal de nuestra Memoria nos llevan al Padre que nos conduce pacientemente. Muchas veces creemos que el camino va “por allá” mirando desde lo externo en uno mismo hacia lo externo fuera de uno mismo…Es entonces que ninguna herramienta nos puede conducir a buen puerto. Cada “escuela” tiene su forma, sus herramientas, su propia “scala”, y su propia visión de los “resultados”…Y así está bien…no hay nada nuevo en la viña del Señor, ni nada fuera de Creación…somos los seres humanos los que necesitamos, buscamos, elegimos y encontramos referentes, herramientas, caminos y resultados…por acción u omisión…pues subir escalones o dejar de subirlos no deja de ser una elección personal… otra forma de buscar y de esperar resultados de un progreso humano. ES Dios quien nos conduce en Silencio, en medio de la Sorpresa que nos expone a la experiencia propia que nos hará acercarnos paso a paso a El. Pero los hombres solemos elegir que “sorpresa” es de Dios y bienvenida, y que “sorpresa” solemos leer como la que no nos conviene porque nos involucra demasiado con nosotros mismos…Las herramientas son todas válidas en la medida de que cada uno escoge y se arma de la que necesita. Sin duda las mencionadas en el artículo son prácticas muy válidas, pero aún así, si no trabajamos en nuestro interior hasta darnos con nuestras propias sombras, no habremos llegado a ese lugar al que las diferentes prácticas nos convocan. Y resalto la presencia de un director espiritual, guía, referente, etc. a quien escuchar y tener por ejemplo de coherencia de vida concreta y espiritual, pues solemos enredarnos y justificarnos con mucha ligereza para huir de nuestras propias sombras…

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  3. isabel marin dijo:

    La vida espiritual consiste en vivir en Dios tratando de hacer lo que a él le agrada. No consiste en fórmulas ni caminos que otros hayan caminado. Los caminos que otros otros hayan caminado nos sirven de luz para iluminar nuestro camino pero nosotros ayudados de la principal Luz que es Dios debemos caminar nuestro propio camino iluminados por la propia luz de Dios sin mucho esfuerzo ni tortura. No somos nosotros quienes hacemos el camino es Dios quien nos conduce por el camino nosotros solamente caminamos agarrados de su mano para cuando caemos como vamos agarrados de su mano él nos sostiene y continuamos por el camino de la vida.

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  4. Fabiola dijo:

    La intimidad con el Señor no responde a un proceso de maduración humana sino a un proceso de transformación divina, de ahí que se salga de nuestros “cánones”, modelos y métodos. Puesto el “deseo” de Dios, de estar junto a Él, en su presencia en cada momento y circunstancia…, el deseo de compartirlo todo con Él, de contar con Él para todo, sólo queda dejarse en Él…, pues es Dios quien lo hace todo, quien transforma nuestro corazón a Su ritmo, que generalmente no es el nuestro. La paz honda del corazón –aunque en la superficie el “oleaje” sea fuerte – es la señal inequívoca de que caminamos con Dios según Su voluntad…y no la nuestra, por muy “santa” que sea ésta.
    Respetuosamente hacia el autor del texto, con el que comulgo en muchas cosas, todo “ejercicio” se reduce en poner nuestro deseo, nuestro único deseo, en dejar que Dios obre en nosotros y transforme nuestro corazón (nos “divinice”, como dicen los orientales cristianos) como Él desee, asumiendo con confianza los despojos que sean necesarios para ello y que sólo Él sabe realizar como nos conviene…
    Saludos

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