Lo que falta a la pasión de Cristo

Jesús en el huerto de los olivos

“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). A muchos les han parecido enigmáticas estas palabras del apóstol San Pablo. ¿Cómo puede faltar algo a la Pasión de Cristo? ¿No tienen carácter de infinitud los méritos de Jesús? Entonces, ¿qué hemos de completar que falte a los sufrimientos de nuestro Señor? Sólo hay una respuesta a este misterio: la Encarnación. El Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se ha hecho carne, uno de nosotros. Dios ha entrado en la historia asumiendo cada una de nuestras limitaciones, por supuesto sin dejar de lado su divinidad… pero, apropiándose de toda, absolutamente toda, nuestra humanidad. Y si Cristo inventó la Iglesia fue, precisamente, para dar continuidad en la historia a ese plan de salvación que Dios dispuso desde la eternidad.

Entrar en el mundo es arrogarse todo lo que de condicionado tiene después del pecado original: sufrimiento, dolor, hambre, trabajo, muerte… y eso fue lo que Cristo redimió desde la Cruz, pero no desde fuera, desde lejos, como alguien ajeno, sino haciéndose El mismo pecado, dolor y muerte. Un padre de la Iglesia decía: “Dios no hace milagros… nos da su gracia”. Y la gracia es la que hemos alcanzado por los meritos de Cristo, muerto y resucitado. ¿Para qué? Para que tu y yo, en nuestra propia historia personal, en el afán cotidiano de nuestro día a día, como corredentores, demos continuidad a ese plan de salvación de Dios en el mundo concreto en que nos toca vivir. San Pablo, en esas “tribulaciones de Cristo a favor de la Iglesia”, nos está revelando nuestra propia vocación personal: corresponder al amor de Dios con nuestra entrega, generosidad y renuncia personal y, así, seguir edificando su Iglesia.

No se trata de hacer cosas difíciles o complicadas. ¡Todo lo contrario! Se trata de que tu y yo, con la mayor normalidad y naturalidad, sepamos responder a la voluntad de Dios en todo momento: una sonrisa, un gesto amable, una pequeña renuncia para hacer el bien al que tengo a mi lado, un saber callar ante la acusación injusta, un poner al servicio de Dios mi imaginación y mis pasiones, un escuchar con atención al que me resulta insoportable, no dejarme aprisionar por el tiempo y el activismo, responder con agradecimiento a la ayuda que se me presta, no atropellarme con críticas o juicios innecesarios hacia otros, saber perdonar y olvidar, dejar de lado el pesimismo y actuar siempre con visión esperanzadora en esos contecimientos que me rodean… En definitiva, vivir cada una de las Bienaventuranzas con la certeza de que me estoy uniendo a los mismos sentimientos de Cristo Jesús y, en especial, a sus tribulaciones… Lo demás, deja que te lo diga, no sirve para mucho más que para vivir en la permanente queja, desilusión o frustración personal.

La Virgen María es la corredentora por excelencia. Ella fue la primera en completar en su propia carne, junto a la Cruz de su Hijo, lo que faltaba a la pasión de Cristo. Por eso, Ella es Madre de Dios y Madre de la Iglesia. 

Mater Dei

 

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4 respuestas a Lo que falta a la pasión de Cristo

  1. ¡Gracias, hermanos, por el comentario, por estar ahí! En EL, con EL, la vida, el mundo, los hombres podemos ir adelante. ¡Gracias!

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  2. Ivan Belmar Bahamonde dijo:

    Hermoso espero queridos hermanos que no se hallan olvidado de mi peticion de entrrar a un Monasterio aca en Santiago de Chile espero vuestra respuesta que el Senor los acompane
    Ivan Belmar Bahamonde.

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  3. Virginia alejandra dijo:

    Gracias Hermano por esta Contemplacion, que me servira para cada dia de mi vida, pidiendo la Gracia necesario para caminar, siempre pronunciando, El Santo Nombre de Jesus.

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  4. Hno. Horacio de Jesús Crucificado. F. M. V y del Santo Nombre dijo:

    ¿Si Cristo murió por mi, por que yo no soy capaz de dar mi vida por mis hermanos ? Por egoísmo. “Ay de mi si no predicare el evangelio”. Y a pesar de esa advertencia no me decido a proclamar la Palabra de Dios ante quienes me rodean. Por desidia, pereza, miedo a perder la cara y por comodidad.

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