Pregón de Pasión 

Domingo de Ramos 

(Mc 11, 1-10; Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1-15, 47) 

Cuando se cumple hoy la cuarentena de preparación para la Pascua, y entramos en la Semana Mayor, muchos son los aspectos que podríamos meditar.  

 En los textos que se proclaman en la liturgia de este domingo, deseo fijarme en la concurrencia de los términos “manto”, “vestido”, “ropa” y “túnica”. 

 A primera vista, parece que no tienen nada que ver el gesto de quienes se quitan sus mantos para aparejar el burro o para alfombrar el camino -“Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos” (Mc 11, 8)-, con los demás textos, aunque se citan términos semejantes: “Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica (Sal 21). “Lo vistieron de púrpura. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa” (Mc 15,20). En el primer caso es un momento de euforia colectiva de las gentes de Jerusalén; en el segundo se trata de la opción total de Jesús de entregar su vida por amor. 

 En las Sagradas Escrituras, el manto, el vestido y la túnica, son algo más que una pieza de tela para cubrir el cuerpo; significan la propia identidad y la dignidad de la persona,  de ahí que dar el manto y la capa es darse enteramente a sí mismo, y echar el manto a los pies del Señor es gesto y obsequio de fe y de reconocimiento total, aunque en el caso del Domingo de Ramos las expresividades, tanto verbales como gestuales, se puedan explicar como reacción emocional colectiva. 

 San Pablo alude al rebajamiento de Jesús, quien “se despojó de su rango” (Flp 2,7). Los relatos de la Pasión narran cómo le quitaron los soldados las ropas al Señor, en actitud de sorna y de desprecio. Y le crucificaron, y repartieron sus vestiduras, echando suertes sobre ellas, para ver qué se llevaría cada uno (Mc 15, 24). Todas  estas imágenes, en el pórtico de la Semana Santa, nos invitan a tomar la actitud de entrega del Señor, como quien cambia de vida o se reafirma en el seguimiento evangélico. 

 Estos días, muchos se revestirán con capirotes y distintos atuendos, con el deseo de acompañar de manera penitencial al Señor. No debiera ser artificial ninguna identificación cristiana, sino, por el contrario, debería manifestar una confesión radical de pertenencia al Nazareno. 

P. Ángel Moreno, Buenafuente del Sistal

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2 respuestas a Pregón de Pasión 

  1. Hno. Horacio de Jeaús Crucificado :F:M:V y del Santo NoOmbre dijo:

    LA VIDA ES PROCESIÓN Y SUFRIMIENTO
    No olvidemos cuando caminemos en procesión, escuchar la pasión de Jesús este domingo, participemos en un viacrucis, miremos al crucificado o hagamos memoria de su muerte el viernes santo en la tarde, que el siervo Jesucristo es un hombre de dolores capaz de acompañar nuestros sufrimientos: “ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos”
    (Primera lectura).

    Otro poema, esta vez en la carta de San Pablo a los Filipenses, nos permite comprender la fuerza de este misterio: “Cristo, siendo Dios… se anonadó así mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres… se humilló y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre” (Segunda lectura).

    El “Siervo” utiliza la lengua para dar palabras con las que nosotros podamos dar aliento al abatido y excluido; el siervo, Jesucristo, nos da oídos para escuchar a los que no tienen quien los escuche. “Pero, a pesar de tanto sufrimiento, el Señor me ayuda, por eso no quedé confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado” (Segunda lectura).

    LA CRUZ UN GRANO DE TRIGO
    Mirar la cruz y leer reflexivamente la pasión en el evangelio de Marcos que nos trae la liturgia de hoy, implica volver a leer la historia personal y social para descubrir que la pasión ocurre aquí y hoy.

    Leer la pasión con fe permite sentir como trata Dios al hombre y como maltrata el hombre a Dios en su vida y la de sus hermanos. En semana santa todo recurso vertical a Dios está excluido; porque la cruz es el grano de trigo que muere para dar la vida y ser fecundo; de lo contrario la vida se pierde por infecunda, egoísta. A Jesús crucificado le interesa más la antropología que la teología, la calle que el templo, el hospital que el club, el desprotegido que el sobreprotegido.

    La sola expresión corporal del siervo de Yahvé en la procesión y la pasión nos hará más sencillos y humildes, es decir, más humanos. Así estaremos de acuerdo con el salmista: “El señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he puesto resistencia ni me he echado atrás” (Primera lectura).

    El MAL ES UN IMPERIO, EL REINO UN DON.
    En un domingo de primavera del año treinta, partió Jesús con sus discípulos de Galilea hacia Jerusalén, era el viaje más esperado del año para celebrar la semana de Pascua que terminaría el viernes siguiente. Betfagé (casa del hambre) fue la penúltima etapa, esta peregrinación se convirtió en una procesión. Al otro lado de la ciudad terminaba otra procesión de Poncio Pilato gobernador romano de Idumea, Judea y Samaría, acompañado de soldados romanos y una fuerte caballería. La procesión de Jesús celebraba la liberación de Israel de un antiguo imperio, Egipto; la de Poncio Pilato mostraba el poder y la violencia del imperio romano. La procesión que hacía Jesús mostraba el reino de Dios como alternativa para las víctimas y los victimarios.
    Después Jerusalén se convirtió en un centro de opresión política, económica y religiosa en colaboración con Roma. Las autoridades del templo, sumos sacerdotes y maestros de la ley (Escribas) entregaron a Jesús a los gentiles, autoridades del imperio romano para matarlo, por lo tanto, seguir a Jesús implicaba ponerse en camino solidario hacia Jerusalén, lugar de conflictos con las autoridades judías y romanas; lugar de la muerte de Jesús.
    Al final terminó ganando, aparentemente, el imperio del mal sobre el Reino con una muerte a cuestas. La Semana Santa es el relato de estas dos confrontaciones en el interior de los creyentes y de la sociedad en el contexto de una ciudad, que al mismo tiempo, como Jerusalén, es religiosa e incrédula, pagana y creyente, libre y esclava, piadosa pero sin compasión, pujante aunque insolidaria.
    ( Pbro Emilio Betancur. Medellín, Colombia ) Editado por Horacio Hoyos Zapata

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  2. Ivan Belmar Bahamonde dijo:

    Hermoso gusto de saludarlos nuevamente y espero que no se hayan olvidado de mi peticion de ingresar a algun monasterio aca en Santiago de Chile deseandoles amor y fraternidad vuestro
    amigo Ivan Belmar B. Bendito sea el Senor

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