Acompañemos a Jesús

Normalmente acompañamos a Jesús en su dolorosa pasión, crucifixion, muerte y resurrección en la Semana Santa, en señal del amor que sentimos por El, no obstante, quisiera que ese acompañamiento fuese día a día y semana a semana, a través del recuerdo de esos dolorosos días que vivió al final de su vida terrenal.

Por ello quiero invitarlos a meditar durante esta semana y en todas las semanas del año en la pasión del señor Jesús, haciendo presentes en nosotros esos crueles y dolorosos días.

Acompañémoslo el jueves en aquella Cena Pascual en la cual decidió quedarse para siempre con nosotros en cuerpo, sangre, alma, y divinidad. Estemos con El en el huerto de Getsemaní, no para darle el beso de Judas sino para velar a su lado en oración continua.

Vamos el viernes con El donde Anás y Caifás, no para negarlo como Pedro, sino para sufrir con El, el infame castigo que le propiciaron por ser el Hijo de Dios. Estemos a su lado cuando Pilatos lo condene a muerte, no para lavarnos las manos, sino para decirle que estamos convencidos de que verdaderamente es el Hijo de Dios.

Recorramos con Jesús el camino hacia el Calvario, donde será crucificado. Pensemos que en esa cruz que carga Jesús están nuestros pecados, y que son esos pecados los que vuelven pesada esa cruz que carga. Es el peso de nuestros pecados lo que hace que Jesús caiga tres veces en el camino hacia la muerte. Jesús, el siervo de Dios, aquel ante quien se vuelve el rostro, fue torturado, lacerado, coronado de espinas, condenado a muerte, crucificado, y muerto, a causa de mis pecados, de mis faltas de amor para con mis hermanos, de mis injusticias, y de mi soberbia.

Siendo yo el culpable de la muerte de Jesús, debería ser yo quien cargara con esa cruz que El cargaba. Sin embargo, El cargó la cruz  por amor a mí, sin sacarme en cara mi pecado, sin condenarme. Por el contrario, Jesús, al cargar esa cruz por mi, quiso demostrarme cuanto me ama. Me ama tanto Jesús, que dio la vida por mí. Y mi respuesta ante la actitud de Jesús es la despreciar ese sacrificio, volviendo a pecar. ! Cuán injusto soy con Jesús, con mi Salvador, con el Dios Hijo, con Aquel que dio su vida por mi ¡ Señor Jesús, hijo único de Dios ten compasión de mi  y perdona nuevamente mis pecados y mis faltas ¡ Señor, enséñame, en esta semana tu crucifixión y muerte a llevar tu cruz, para así ser digno de tu perdón, de tu misericordia, de tu amor, y de la resurrección que me has prometido cuando al final de mis días me llames para estar contigo.

Ayudemos a Jesús a levantarse de esas tres caídas bajo el peso de esa cruz que son nuestros pecados. Lloremos por nosotros y nuestros hijos cuando se dirigió a las mujeres de Jerusalén. Despojémonos de nuestras vestiduras del pecado para que este sea clavado en esa cruz, y así, ya limpios, podamos mirarlo cuando sea levantado en lo alto de ese monte glorioso en el cual fue crucificado.

Oremos con El desde la cruz y digámosle al Padre: “Dios mío, Dios mío”, no nos abandones nunca. Recibamos a su madre como madre nuestra. Suframos la sed que tuvo, para recibir el agua santa de su perdón. Miremos a Aquel a quien traspasaron con los clavos y digámosle cuanto quisiéramos amarle, y pidámosle que cuando sea el momento nos lleve con El al paraíso eterno del Padre.

Descendamos con El de la cruz para arrojarnos en los amorosos brazos de María, y permanezcamos con El en el sepulcro para sepultar allí, definitivamente, nuestros pecados, nuestros desamores, nuestras debilidades, nuestras flaquezas, nuestras tristezas, y nuestras angustias.

Resucitemos victoriosos con El la noche de la Pascua gloriosa en la cual resucitó de entre los muertos.

Convirtámonos definitivamente siguiendo el camino de nuestra muerte y resurrección interiores, para poder resucitar a una nueva identidad y forma de vida distinta a aquella que hemos vivido hasta el presente.

Celebremos los misterios de la pasión y muerte de Cristo para “resucitar con El, y así entrar a una nueva vida”, para decir con el apóstol Pablo: “ya no soy quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi”. Sintamos que “el amor que contemplamos en la muerte y resurrección de Jesús, es el amor que Dios nos tiene. Solo en Cristo conocemos el amor de Dios. Sin Cristo, Dios es un imaginario de todas las necesidades y deseos que tenemos”. (Pbro. Emilio Betancur Múnera).

Resucitemos con Cristo resucitado para tener una vida nueva, diciendo con Pablo: “el que está en Cristo es una nueva creación”, todo lo viejo ha pasado ya. Miren, todo se ha hecho nuevo. Todo esto proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo a través de Cristo… y en Cristo esta reconciliando al mundo consigo mismo.”

Hno. Horacio de Jesús Crucificado. F.M.V y del Santo Nombre

 

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4 respuestas a Acompañemos a Jesús

  1. P. Juan Cardona dijo:

    Amén, hermano Horacio, gracias por su aporte y su invitación para que muriendo con Él, también resucitemos….en comunión de oraciones. P. Juan Cardona

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  2. Rosamaria dijo:

    Solo el Señor, puede mostrar tanto amor por cada uno de nosotros! Creo que meditar en su pasión es acercarnos mas a los que hoy padecen injusticia, dolor, abandono…Amen

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  3. OSCAR Miguel Kowal dijo:

    ¡Como nos Ama Jesús… El es el Camino, la Verdad y la Vida…,El lo Es Todo…!

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