¿Hay una experiencia del Espíritu?

 

Sobre la experiencia de la Gracia

Karl Rahner; Escritos de Teología III, 103-107

¿Hemos tenido alguna vez y de veras la experiencia de la gracia?  No nos referimos a cualquier sentimiento piadoso, a una elevación religiosa de día de fiesta o a una dulce consolación, sino a la ex­periencia de la gracia precisamente; a la visitación del Espíritu del Dios Trinitario, la cual se hi­zo realidad en Cristo, por su encarnación y muerte en cruz.  Pero ¿es que se puede tener experiencia de la gracia en esta vida?  Afirmarlo, ¿no sería destruir la fe, la nube claroscuro que nos cubre mientras peregrinamos por la vida?  (Los místicos, sin embargo, nos dicen –y estarían dispuestos a testificar con su vida la verdad de su afirmación– que ellos han tenido experiencia de Dios y, por tanto, de la gracia.  Pe­ro el conocimiento experimental de Dios en la mística es una cosa oscura y misteriosa de la que no se puede ha­blar cuando no se ha tenido, y de la que no se hablará si se tiene.)  Nuestra pregunta, por tanto, no puede ser contestada sencillamente a pri­ori. ¿Habrá tal vez grados en la ex­periencia de la gracia y serán accesibles los más bajos incluso para nosotros?

Preguntémonos primero: ¿hemos tenido alguna vez la experiencia de lo espiritual en el hombre? (Lo aquí aludido por espíritu es también una difícil cuestión que no puede resolverse con una sola pala­bra.) Tal vez contestemos: -“Claro que sí, he tenido ya esa experiencia y la tengo cada día siempre.  Pienso, estudio, me decido, actúo, tengo relaciones con los demás hombres, vivo en una comunidad que no se basa únicamente en lo vital, sino también en lo espiritual; amo, me alegro, gozo de la poesía, poseo, los bienes de la cultura, de la ciencia, del arte, etc.  Sé, por consiguiente, qué es espíritu”.  Pe­ro no es tan sencillo.  Todo eso es cierto, por supuesto.  Pero en todas esas cosas el «espíritu» es (o puede ser) sólo una especie de ingrediente que se usa para hacer humana, bella y plena de sentido, en algún modo, esta vida terrena. 

El espíritu, en su verdadera trascendencia, puede no haber sido experimentado a pesar de todo eso.  Y esto no quiere decir que sólo esté presente, en cuanto tal, allí donde se habla y filosofa sobre la trascendencia del espíri­tu.  Todo lo contrario: eso no sería más que una experiencia secundaria y derivada del espíritu que im­pera en la vida del hombre no sólo como elemento interior. ¿Pero dónde está la verdadera experiencia?  Intentemos nosotros mismos descubrirlo en nuestra propia experiencia.  Sólo se puede tal vez aludir tímida y cautelosamente a algunas cosas.

  • ¿Hemos perdonado alguna vez, a pesar de no tener por ello ninguna recompensa, y cuando el silencioso perdón era aceptado como evi­dente?
  • ¿Nos hemos callado alguna vez, a pesar de las ganas de defendernos, aunque se nos haya tratado injustamente?
  • ¿Hemos obedecido alguna vez no por necesidad o porque de no obedecer hubiéramos tenido disgustos, sino sólo por esa realidad misteriosa, callada, inefable que llamamos Dios y su voluntad?
  • ¿Hemos hecho algún sacrificio sin agradecimiento ni reconocimiento, hasta sin sentir ninguna satisfac­ción interior?
  • ¿Hemos estado alguna vez totalmente solos?
  • ¿Nos hemos decidido alguna vez sólo por el dictado más íntimo de nuestra conciencia, cuando no se lo podemos decir ni aclarar a nadie, cuando se está totalmente solo y se sabe que se toma una decisión que nadie le quitará a uno, de la que habrá que responder para siempre y eternamente?
  • ¿Hemos in­tentado alguna vez amar a Dios cuando no nos empujaba una ola de entusiasmo sentimental, cuando uno no puede confundirse con Dios ni confundir con Dios el propio em­puje vital, cuando parece que uno va a morir de ese amor, cuando ese amor parece como la muerte y la absoluta negación, cuando parece que se grita en el vacío y en lo totalmente inaudito, como un salto terrible hacia lo sin fondo, cuando todo parece convertirse en inasible y aparentemente absurdo?

¿Hemos cumplido un deber alguna vez, cuando aparentemente sólo se podía cumplir con el sen­timiento abrasador de negarse y aniquilarse a sí mismo, cuando aparentemente sólo se podía cumplir haciendo una tontería que nadie le agradece a uno?

¿Hemos sido alguna vez buenos para con un hombre cuando no respondía ningún eco de agradecimiento ni de comprensión, y sin que fué­ramos recompensados tampoco con el sentimiento de haber sido «desinteresados», decentes, etc.?

Busquemos nosotros mismos en esas experiencias de nuestra vida, indaguemos las propias experiencias en que nos ha ocurrido algo así.  Si las encontramos, es que hemos tenido la experiencia del espíritu a que nos referimos.  La experiencia de la eternidad, la experiencia de que el espíritu es más que una parte de este mundo temporal, la experiencia de que el sentido del hombre no se agota en el sentido y dicha de este mundo, la experiencia del riesgo y de la atrevida confianza que no tiene ya ningún fundamento visible, deducido del éxito de este mundo.

Desde ahí podríamos comprender qué especie de pasión secreta vive en los verdaderos hombres del espíritu y en los santos.  Ellos quieren hacer esta ex­periencia.  Ellos –en una secreta angustia de quedar­se atascados en el mundo– quieren asegurarse de que empiezan a vivir en el espíritu.  Se les ha dado saborear el espíritu.  Mientras que la mayoría de los hombres consideran estas experiencias como desagradables, interrupciones no del todo evitables de la verdadera vida normal, en la que el espíritu es tan sólo el condimento y el adorno de otra vida, pero no lo sustantivo y buscado por sí mismo, los hombres de espíritu y los santos han gustado el espíritu puro. 

En cierta manera, ellos be­ben el espíritu sin mezcla, y no sólo gozan de él como de un condimento de la existencia terrena.  De ahí su extraña vida, su pobre­za, su anhelo de humildad, su anhelo de morir, su estar–dispuestos a pa­decer, su secreto anhelo de martirio.  No que ellos no sean también débiles.  No que no tengan, ellos también, que volver continuamente a la costumbre de la vida diaria.  No que no sepan que la gracia puede bendecir también la vida diaria y el obrar razonable, y convertirlos en un paso hacia Dios; que no sepan que en esta vida no podemos ni debemos ser ángeles.  Pero saben que el hombre, en cuanto espíritu –en la existencia real y no sólo en la especulación–, debe vivir en realidad en el límite entre Dios y el mundo, entre el tiempo y la eternidad; y tratan de cerciorarse continuamente de que ellos lo hacen realmente, de que el espíritu no es en ellos sólo un medio del estilo humano de vivir.

Y bien: cuando hemos hecho ésta experiencia del espíritu (al menos cuando la hemos hecho como cristianos que viven en la fe), hemos tenido de hecho la experiencia de lo sobrenatural.  Muy anónima y tácita, quizás. 

Probablemente ni podemos ni nos es lícito volvernos para mirar directamente a lo sobrenatural mismo.  Pero cuando nos abandonamos a esta experiencia del espíritu,cuando se hunde todo lo concreto y posible de gozar, cuando todo suena a silencio mortal, cuando todo sabe a muerte y a destrucción,o cuando todo desaparece como en una bienaventuranza inefable casi blanca y sin color, inasible, sabemos que no sólo el espíritu, sino el mismo Espíritu Santo está obrando de hecho en nosotros. Esa es la hora de su gracia. 

Y entonces la falta de suelo que experimentamos en nuestra existencia es la insondabilidad del Dios que se nos comunica, el comienzo de la llegada de su infinidad, que ya no tiene caminos, que gusta a nada, porque es la infinidad. 

Cuando nos hemos abandonado y no nos pertenecemos más a nosotros mismos,cuando nos hemos negado y no disponemos ya de nosotros,cuando todo y nosotros también, nos es llevado hasta una infinita lejanía, empezamos a vivir en el mundo de Dios mismo, del Dios de la gracia y de la vida eterna. 

Al principio tal vez nos parezca insó­li­to, y continuamente estaremos tentados de huir co­mo aterrorizados a lo familiar y próximo; a veces tendremos incluso que hacerlo, deberemos hacerlo. Pero debemos inten­tar acostumbrarnos, poco a poco, al gusto del vino puro del espíritu, cuya plenitud es el Espíritu San­to.  Por lo menos tanto, que no arrojemos el cáliz cuando su gobierno y providencia nos le alarguen.

El cáliz del Espíritu Santo en esta vida es idéntico al cáliz de Cristo.  Pero sólo lo bebe quien ha aprendido un poco a gustar en el vacío la plenitud; en el ocaso la aurora; en la muerte la vida; en la renuncia el hallazgo.  Quien lo aprende hace la experiencia del espíritu, del puro espíritu, y en esta experiencia, la del Espíritu Santo de la gracia.  Pues a esta liberación del espíritu sólo se llega total y duraderamente por la gracia de Cristo y en la fe.  Cuando él libera al espíritu, lo libera por la gracia sobrenatural hacia la intimidad de la vida de Dios

Busquemos nosotros mismos, en la consideración de nuestra vida, la experiencia de la gracia. No para decir: “aquí está; la tengo”.  No se la puede encontrar para reclamarla triunfalmente en propiedad y posesión.  Sólo se la puede buscar olvidándose a sí mismo, sólo se la puede encontrar buscando a Dios y entregándose a Él con amor desinteresado, sin retornar a nosotros mismos.  Pero, de cuando en cuando, se debe preguntar si vive en uno algo así como esa experiencia mortal y vivificante, para medir lo lejos que está el camino todavía y cuán lejos vivimos de la experiencia del Espíritu Santo en nuestra llamada vida espiritual.  Grandis nobis restat via.  Venite et gustate quam suavis sit Dominus.  (Largo es el camino ante nosotros.  Venid y gustad las caricias del Señor).

“Mientas estamos en esta tienda terrena geminos oprimidos. No queremos ser desvestidos, queremos enfundarnos vestidos nuevos para que lo mortal se a absorbido por la vida. Y Dios, que nos ha destinado a esto, nos ha dado en arras el Espiritu” (2 Cor, 5, 4s).

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6 respuestas a ¿Hay una experiencia del Espíritu?

  1. Excelente elección y comentario de este gran teólogo del S.XX. Sólo comentar que he encontrado una errata en el texto transcrito. En el último párrafo, donde dice: “Busquemos nosotros mismos, en la consideración de nuestra vida, la experiencia de la No para decir: aquí está; la tengo”, debe decir: “Busquemos nosotros mismos, en la consideración de nuestra vida, la experiencia de la gracia. No para decir: aquí está; la tengo”.
    El texto final de 2Cor. 5, 4s, no entra dentro del texto de K.Rahner. Es un regalo añadido tuyo, Gabriel, que se agradece. El texto pertenece, como bien se ha señalado, al tercer volumen de “Escritos de Teología” de dicho autor. Concretamente al cap.VI titulado “Sobre la experiencia de la Gracia”. Aunque las páginas (al menos en mi cuarta edición de 2002) van de la 97 a la 100.
    Gracias por la entrada. Muy oportuna.
    Feliz Pentecostés…de cada día.
    Saludos
    Fabiola

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  2. fabiola dijo:

    Excelente elección y comentario de este gran teólogo del S.XX. Sólo comentar que he encontrado una errata en el texto transcrito. En el último párrafo, falta una palabra. Donde dice: “Busquemos nosotros mismos, en la consideración de nuestra vida, la experiencia de la No para decir: aquí está; la tengo”, debe decir: “Busquemos nosotros mismos, en la consideración de nuestra vida, la experiencia de la gracia. No para decir: aquí está; la tengo”.
    El texto final de 2Cor. 5, 4s, no entra dentro del texto de K.Rahner. Es un regalo añadido tuyo, Gabriel, que se agradece. El texto pertenece, como bien se ha señalado, al tercer volumen de “Escritos de Teología” de dicho autor. Concretamente al cap.VI titulado “Sobre la experiencia de la Gracia”. Aunque las páginas (al menos en mi cuarta edición de 2002) van de la 97 a la 100.
    Gracias por la entrada. Muy oportuna.
    Feliz Pentecostés…de cada día.
    Saludos
    Fabiola

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