LA RATONERA

¿Quién nos tendió la trampa? ¿Qué invisible mano nos cerró la puerta? Una amenaza silenciosa inundó la ciudad con una sombra de muerte pegada a la espalda, como un monigote macabro. El espacio, hasta ahora íntimo, pasó a ser una cárcel. Por primera vez la muerte no era algo aleatorio y ocasional que siempre sucedía a otros, sino una presencia cierta que pringaba las paredes de aprensión. Me podía tocar a mí o  a los míos. Y. ¿qué podríamos hacer, sino encerrarnos en esta ratonera?

La normalidad se trocó en un sueño distorsionado. Empecé a recorrer  mi ratonera buscando algo, pero sólo encontraba justo aquello de lo que trataba de huir: a mí mismo. Poco a poco se sentían las presencias de otros vagabundos que buscaban (o huían) igual que yo.  Todos callándose el espanto bien para no asustar a los demás, bien para no reconocer su propio miedo. Empezamos a oír noticias de héroes y aplausos. De repente, alguien dijo: “Todo va a ir bien”. Algo en mi interior despotricó: “¿Y cómo lo sabes?” Otro dijo: “De esta saldremos mejores”. Otro contestó: “No, todos no”. Y entonces me pregunté: ¿y yo?, ¿cómo quiero salir yo de esta ratonera?

Los días pasaban en una monotonía extraña. Una mano invisible nos arrojó encima todo el tiempo que anhelábamos, ahora como una condena. Empapados de tiempo, en puro hartazgo, nos ahogábamos en el aburrimiento. Para sobrevivir empecé a llenar el día de distracciones, cualquier video, cualquier cuento, cualquier mensaje parecí espantar el mal presagio. Sin embargo, el entretenimiento ¡cuánto harta!

Volvió a mi mente la idea de transformación. En esto llegó la cuaresma y su provocadora propuesta. Me atendí un poco, no demasiado. Me puse a la escucha no de muy buena gana. ¡Total, por ocupar el rato! Empecé a dejar de entretener el tiempo para habitarlo. Y así descubrí que el tiempo ya estaba habitado, habitado por Ti Comprendí que la ratonera existía ya antes de entrar en ella, la había construido yo con mis pretensiones, manías e intenciones. De la ratonera debía salir yo por el camino de la renuncia. Mirar desde dentro sin proyectar futuros egoístas, ampliar la mirada, percibir el dolor que inundaba las calles, humildemente hacerlo mío. De repente te encontré, allí, no donde te buscaba, entre mis seguridades y cer4tezas, sino en medio del dolor  de mis semejantes. Te anhelaba inmutable, inofensivo, y te encontré crucificado en medio del clamor de las UCIS y las morgues sin derecho a duelo.

Es allí donde te me apareciste, como a las buenas mujeres en el vacio del sepulcro.  ¡Cómo resonaron esas palabras en mí! “Buscáis al crucificado (hacéis bien), pero no está aquí”. NO ESTÁ AQUÍ. No en la ratonera. “Ha resucitado”. Y entonces, algo dentro de mí se despertó (despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos), se encendió tu llama en medio de mi herida, pasaste por mi llanto como solo el Viviente puede pasar: dando vida- “Me saciarás de gozo en tu presencia”, escuché ¡Tu presencia!, ¡tan patente, tan incuestionable ahora! Como el gozo sereno que deja: “¿No ardían nuestros corazones…?

Ahuyentada la sombra, comprendí que abandonar la ratonera dependía de mí pero transformarme, no. Llevado de tu mano resonaba tu voz: “Deja que sea yo quien te salve”. “La trasformación será transfiguración, cuando el sol de mi justicia brille sobre ti”. Se me había olvidado que eras del dios que salva. Pero ahora Tu me pedías permiso. ¿A mí? ¿Para salvarme? Pero entonces Tú dijiste: “Mira que hago nueva todas las cosas”. De repente sentí que mi oscuridad empezó, tímidamente, a billa como el mediodía.

La ratonera no era tal, sino crisálida. Y tu salvación se hizo cierta. Me desperté con un hormigueo en mi espalda, como i quisieran nacerme unas alas.

FRANCISCO JAVIER LUENGO, SCJ.

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