Ordenarse en el silencio. (*)

En medio de una cultura ruidosa y de ritmo trepidante, el silencio se va imponiendo como un bien del que es peligroso prescindir y que urge volver a encontrar. son muchos quienes hoy lo buscan y desean incorporarlo a sus vidas, pero es necesario el discernimiento para acertar con esa búsqueda. La propuesta de este artículo es explorar por qué diferentes caminos se puede llegar al silencio y qué experiencia vitales lo favorecen. Algunas son legativas (la intoxicacion, el desencanto o la vergüenza) y otras positivas ( el convencimiento, la alteridad, la atracción, la rendición). Cada una de ellas está abierta a la reflexión y al diálogo para tomar parte en esta conversación de personas que «se han convertido» al silencio.

[…]

¿Necesita el silencio ser ordenado? Si «nos hemos hecho» con él después de tanta búsqueda, esfuerzo y estrategias para aposentarlo en nuestras vidas; si hemos tardado tanto en darnos cuenta de cuánto lo necesitábamos y hemos recorrido un largo camino para acompasarnos con él ¿hay que sospechar ahora que viene desordenado y necesitado de armonización?

Podemos mirar hacia atrás (o hacia delante, según la mirada bíblica sobre el tiempo, que ve el pasado ya vivido y conocido por delante y el futuro, aún desconocido, detrás) y poner nombre a las etapas recorridas hasta acogerle en nuestra vida como un huésped deseado.

Ciudadanos de una cultura ruidosa, nos habíamos acostumbrado a vivir zambullidos y aturdidos a partes iguales por ella, canturreando por lo bajo con Atahualpa Yupanqui: «No necesito silencio, ya no tengo en qué pensar…». Quizá durante demasiado tiempo hemos dejado que chirriaran los ejes de la carreta y nos  hemos amigado con sus chirridos y sus sucedáneos urbanos: el móvil y sus reclamos han tomado el mando y nos han sometido a la tiranía de sus interrupciones; tertulianos y comentaristas se han apoltronado en los sillones de nuestro laberinto auditivo y nos han impuesto sus visiones del pensamiento dominante en política, deporte, cultura o sucesos; torbellinos de imágenes han  colonizado nuestro imaginario a una velocidad parecida ala de la luz. Y ya en la cumbre de esa escalada sonora, nos hemos comprado un asistente virtual al que dar órdenes ya desde la puerta: «Alexa ¡conecta el hilo musical!», asegurando así la expulsión de ese okupa aburrido e insípido que nos resulta el silencio.

Pero posiblemente nos consideremos ya entre los desencantados de la cultura del estrépito, y el silencio haya empezado a asomarse con timidez en nuestro horizonte vital: se le nota con gana de quedarse y empezamos a encariñarnos con él. Imaginemos una terturlia en la que un grupo de «conversos al silencio» comparten sus itinerarios, experiencias y preguntas. Y ofrecen, desde su proceso de «ordenamiento» pistas para ayudarnos a encarrilar el nuestro.

[…]

Conversos por rendición

(…)En ocasiones es la experiencia de ser perdonado la que puede sumergir  a alguien en un silencio de rendición: cuando el hijo menor volvió a casa, llevaba preparado su discurso: «…le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». (vv. 19-20), pero sólo llega a pronunciar la primera parte «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». (21). ¿Dónde fue a parar la segunda? El abrazo de su padre borraba para siempre su nombre de pródigo y lo cambiaba por el de «cubierto de besos» y a ese nombre nuevo sólo podía responder con un silencio desbordado.

Se diría que estaba siguiendo el consejo del autor de La nube del no saber. «Aquello que sientas te dirá cuando has de hablar y cuándo has de estar en silencio». Quizá era este el origen del de Tomás de Aquino al final de su vida, después de una intensa experiencia de Dios. Cuando le preguntaban por qué y no enseñaba ni escribía contestaba: «Ya no puedo, todo lo que he escrito ahora me parece paja». Lo mismo que el hijo de la parábola había ido silenciado por un abrazo del Padre.

Quizá es a esa clase de silencio a la que aludía Francisco de Osuna en su Tercer Abecedario Espiritual que tanto influyó en Teresa de Jesús: «La reina de Saba y el rey Salomón se correspondían  con dones admirables, tornando a reciprocar el amor en la soledumbre del silencio; habla Dios no con palabra al corazón, sino con seráficas comunicaciones; hablan por señas más esclarecedoras que jamás fueron palabras; y finalmente, callan Dios y el ánima como amigos que duermen muy seguros en un estrado, a los cuales el amor ha hechos tan conformes, que no salgan de una parecer, en tal manera que lo que hace uno se diga hacer al otro».**

¿Que en qué consisten ese soledumbre del silencio y esas señas esclarecedoras? Quién pueda entender que entienda, habría dicho Jesús.

DOLORES ALEIXANDRE PARRA

Religiosa del Sagrado Corazón .

*«Ordenarse en el silencio. Tertulia de  Conversos

**Místicos franciscanos españoles, Madrid 1998, 553

«Extracto Artículo Revista de Teología SAL TERRAE. Junio 2019. T 107/ 6 nº1.245 (pp.517-529)

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Una respuesta a Ordenarse en el silencio. (*)

  1. Claudia G. Martínez Amparán. dijo:

    Gracias. En esta atribulada vida, ciertamente necesitamos un rincón para el silencio, la reflexión y la unidad con Dios. Saludos. Paz y Bien.

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