Homilía del 13° Domingo T.O. Ciclo A

Tiempo Ordinario Ciclo A

La primera lectura de 2 Re 4,8-11.14-16, nos muestra el alto valor de la hospitalidad entre los pueblos orientales, mostrando así que la acogida que damos a otro nos acerca a Dios y Dios como se nos dice, premia ese gesto con algo también muy muy apreciado para ellos, sobre todo entre los hebreos, como es la fecundidad.

Eliseo, pide a Dios esa anhelada descendencia para los que le acogen, pues para Dios no hay nada imposible. Se pone de manifiesto así, la solicitud de Dios hacia todos y cómo él sabe realmente lo que necesitamos y lo que nos hace falta. Estamos pues en buenas manos.

La segunda lectura de Rm 6, 3-4.8-11 nos muestra, el significado de la nueva vida en Cristo que hemos adquirido por el bautismo. En él se nos da la verdadera vida, llegando así al núcleo más profundo del hombre que es su anhelo de vivir y su rechazo a la muerte. Vemos que, si bien por Adán reinó la muerte, por medio de Jesucristo muerto y resucitado hemos pasado al reino de Dios que es reino de vida y de amor.

El Bautismo, en el cristianismo primitivo entrañaba la inmersión en la fuente bautismal de manera que sumergido en el agua participa de la muerte y sepultura de Jesús y al salir del agua, participa de la resurrección. Así pues, Jesús ha compartido la naturaleza humana. Ha padecido la muerte y resucitando ha derrotado la muerte y al pecado. Por la resurrección, también la naturaleza humana de Cristo vive en plena comunión con Dios. Consecuentemente, los cristianos unidos a Cristo debemos abandonar todo comportamiento pecaminoso y vivir para Dios.

El Evangelio de Mt 10,37-42, nos presenta a Jesús, el hombre libre que hace libres a los que le siguen, de manera que Cristo es para el cristiano el valor absoluto que nos abre a los demás valores incluido el de la acogida, de hecho, Jesus nos dice que: «el que os recibe a vosotros me recibe a mí».

Cuando ponemos a Jesús en el centro, todo tiene su verdadero sentido y su significado y todo se resitúa, incluida la relación paterno filial. Jesús no deja en desamparo a los que le siguen en la misión, sino que les garantiza una nueva familia que se cuidará de ellos y en la que se encontrarán plenamente integrados. El centro visible de esta nueva familia y de toda familia, es Jesús. Así pues, el Evangelio puede llegar a crear otros lazos, más profundos si cabe, que los que proceden de la propia sangre, de modo que la nueva familia nacida alrededor de Jesús, no es una imagen o un recurso romántico, sino que se trata de una realidad profunda, gozosa y comprometedora.

En ella, todos trabajan por la misma causa que es la de Jesús y todos reciben el mismo premio que es él mismo.   

Homilía del Padre José, extraída de “Contemplar y proclamar

Aquí la continuidad de las charlas sobre “El Kerigma y la vida consagrada

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...Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en Él vivimos, nos movemos y existimos... (Hechos de los Apóstoles 17, 27-28)
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