Un corazón orante

Nuestra Señora de la Contemplacion

Vive intensamente la comunión con Dios desde tu corazón orante. Que cuando tus manos estén ocupadas en el trabajo, que tu pensamiento y tu corazón estén en Dios.

Cuando tus manos y tus pensamientos estén al servicio de tus hermanos, que en tu corazón puedas vivir en Dios.

Porque has convertido tu interioridad en un espacio de silencio y de encuentro, de intimidad y de amistad, de hospitalidad y cercanía, en un lugar donde la oración es constante.

Recuerda que necesitas orar. Necesitas convertir toda tu vida en una oración.

Has de aprender caminos nuevos para hacer realidad en tu vida el mandato del Apóstol: “orad sin cesar”, y el deseo de una oración continua en cuyo silencio tú te identificas con Cristo y vas adquiriendo un corazón que sabe escuchar.

Busca mantener vivo en ti el recuerdo de Dios. Haz en tu quehacer diario frecuentes referencias a su presencia y, en todo momento, piensa que puedes mirarle y sentirte mirado por Él con amor.

Procura invocar su nombre. Cuando puedas con los labios, con el pensamiento y con el corazón. Las tres cosas juntas. Pero cuando tus labios estén ocupados en el diálogo con tus hermanos o en tu trabajo, que tu corazón permanezca unido a Dios, porque lo amas, porque quieres hacerlo presente en tu vida y porque Él es, al fin y al cabo, el PORQUÉ radical, de lo que tú eres, de lo que tú vives y de lo que tú haces.

Busca la paz, síguela e intenta crear espacios de silencio en tu interior que posibiliten tu intimidad con Cristo. Valora, para ello, los momentos de silencio.

Cuando tengas la ocasión llénate del silencio y de la paz de la naturaleza, en un día de retiro o en tu semana anual de ejercicios espirituales. Pero procura también tiempos gratuitos en la casa de oración, ante la presencia sacramental del Señor en el sagrario o en tu propia habitación.

En la liturgia procura llenarte de la palabra de Dios. Es una buena oportunidad para hablar con Él por medio de los Salmos y para escuchar lo que Él quiere decirte a través de las lecturas. Con estas expresiones resume San Agustín el sentido de la liturgia: “Que la palabra de Dios, acogida, contemplada y celebrada en la liturgia, te acompañe durante todo el día”.

Cuida vivir la liturgia con atención y deseo de encuentro con Dios y con la comunidad que celebra. Es una pena que de la lluvia de palabra de Dios que cae sobre ti, que cae sobre tus hermanos, que vosotros mismo pronunciáis con vuestros labios, a veces no haya ni una sola gota que llegue a vuestro corazón.

En la liturgia busca siempre una palabra de vida para tu camino, o una palabra de amor para dar gracias al Padre por el día que acaba.

Haz siempre ofrenda de todo en la Eucaristía, y que tu encuentro con Cristo Jesús, el Señor, y con tus hermanos en la comunión y en la escucha atenta de la palabra, mantenga viva en vuestra vida la oración.

Valora tu encuentro diario de oración silenciosa como un momento fuerte en tu día.

Procura no dejar tu oración por nada. Y cuando te ocurra que, por servir a tus hermanos, no hayas encontrado el momento de orar, no dejes de estar un largo rato consciente y explícitamente en la presencia del Señor. Pero, a lo mejor, te vence el cansancio y el sueño. Piensa entonces que tu gesto y tu volunta de presencia, tu deseo de orar, vale más que la mejor oración.

Procura que sea un encuentro cara a cara en la fe. No es el momento de tener un libro en tus manos. Es la gran ocasión que tienes para pensar con amor en quien sabes que te ama. Es la oportunidad del día para mirarle con paz y calma y para dejarte mirar por Él con amor, o para vivir la gratuidad de estar sentado a los pies del Señor ofreciendo el don de tu atención silenciosa.

No pretendas “aprovechar” el tiempo de tu oración. Acepta con paz, con amor, desde luego, que sea un tiempo “inútil”.

Seguramente, cuando vayas a orar, te vendrá a la memoria lo que has hecho o lo que has de hacer después. Aparta con calma estos pensamientos distorsionadores y vuelve a vivir conscientemente la comunión con el Señor.

Vive con gratuidad tu oración. No pretendas hacer nada. Deja hacer a Dios. Deja de lado esquemas, fórmulas, resultados, eficacia, utilidades…

En tu tiempo de ración busca sólo lo que Dios quiere de ti. Abandónate en sus manos, piensa que Él te lleva en sus brazos de Padre. Y llena tu vida de estos pensamientos. Así tu corazón seguirá rezando durante todo el día cuando tú debes estar ocupado en otras cosas. Todo lo que te diga para invitarte a cuidar este encuentro diario de intimidad y de diálogo con el Señor será poco.

No te olvides de que es Él y tu deseo de servir humildemente a los hermanos los que mantienen vivo el sentido de tu vida.

Intenta no abusar de palabras en tu oración. Te darás cuenta de que, a medida que crece tu intimidad con el Señor, serán menos necesarias las palabras, hasta que el Señor te conceda el don de contemplarlo y mantener durante el día la fe alegre y comunicativa que ha sido iluminada en la oración.

Busca en tu oración sólo lo que Él quiera, sólo lo que Él desee, sólo lo que Él espera de ti. El Señor te concederá el don interior de un corazón que no saborea los propios gozos ni se detiene en sus propias tristezas, sino que busca a Dios en todas las cosas en un movimiento de alabanza.

Experimentarás, al mismo tiempo, que un corazón lleno de vida orante sólo puede ser bueno, y que tu vida se irá decantando en una ofrenda cordial y alegre, gratuita y delicada en servicio y atención a tus hermanos.

Reconoce la presencia amorosa de Dios en ti. Recuerda al espíritu que habita en ti y responde afirmativamente a la pregunta que te hace el Señor por medio de su Apóstol Pablo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo recibido de Dios que habita en vosotros?”.

Responde a la presencia de Dios en tu vida explicitada en tu encuentro diario de oración con la súplica, la alabanza, la acción de gracias y, sobre todo y siempre, el amor.

En tu oración intercede por la Iglesia, por las necesidades de todos los hombres, de los pobres, de los enfermos, de los parados, de los drogadictos, de los presos, de todos aquellos que sufren en su cuerpo o en su alma. Es verdad: puedes llegar a todos desde el corazón de Dios.

Intercede intensamente por tus hermanos concretos, los de tu comunidad. En tu oración estás contribuyendo a construir la comunión fraterna. Ora por tus hermanos con amor. Orando por ellos aprenderás a amarlos y a asumir sus limitaciones.

La oración también te hará a ti más pobre y más capaz de asumir tus límites.

Piensa que tu deseo de orar ya es oración. Pero orando aprenderás a orar. Solo la perseverancia y la paciencia en buscar la comunicación con Dios te abrirá la puerta para alcanzarla.

Y si Dios quiere manifestarse con silencio, o con la aridez, o con la oscuridad, si Dios quiere probar tu fidelidad callando, mantén tu presencia constante y fiel. Dile al Señor que llamas a su puerta porque quieres orar, y espera, no abandones tu fidelidad. Que tu oración sea hacer acto de presencia en la fe esperando el don de Dios. Que, en todo caso, el Señor te encuentre a su puerta, llamando.

Es bueno también que aprendas a orar a María, con María y como María. Ella es maestra de oración en la escuela del silencio. Ella te enseñará a mirar, observar, acoger la obra de Dios y dejarla realizar en tu vida.

Por el camino del silencio, como María, vivirás siempre presente en Dios y Él estará siempre presente en ti. Y a través de ti, presente entre tus hermanos y en todo el mundo.

Jaume Boada i Rafí O.P.

Un corazón orante

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Los brazos de la Cruz de Cristo

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados…y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. (Mt 11, 28-30)

“(…)

Ir a Jesús para depositar a sus pies tu carga de miserias, de sufrimientos, y de pecados, es la gran decisión de la vida. Nadie te puede obligar, sólo el Padre atraerte y lo hace siempre con dulzura. Tal vez no te sientas demasiado fatigado para venir a Jesús, pues él no da descanso más que a aquellos que no pueden más. Imagínate que has caminado todo el día bajo el cálido sol de Palestina y que a la tarde llegas cerca de un pozo, entonces te tumbas buscando un poco de frescor y de humedad: ‘Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo.’ (Jn 4,6). Las palabras de Jesús, ‘Venid a mí’ sólo las puede entender los hombres fatigados que necesitan una buena cama para descansar.

Me dirás ‘¿Fatigado de qué?. Te contesto sencillamente: Si has tratado de verdad de practicar el Sermón de la montaña, tendrás ganas de descansar. Voy a citarte algunos ejemplos: ‘Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’ (Mt 5,28). Y ‘Sea vuestro lenguaje: ‘sí, sí’, ‘no, no’; que lo que pase de aquí viene del Maligno’ (Mt 5, 37), y también: ‘A quien te pida, da; y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda’ (Mt 5, 42), y finalmente: ‘Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen…Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial’ (Mt 5, 44 y 48), sin hablar de la mejilla izquierda que hay que poner si te pegan en la derecha. Y me permitirás decirte que la lista no se cierra ahí: están todavía las bienaventuranzas, el desprendimiento, la castidad, el espíritu de infancia y muchas otras cosas, sin hablar de la oración continua.


Si de verdad has tratado de llevar a la práctica la centésima parte de las palabras de Jesús, si no has andado con rodeos, o lo que es más grave todavía, si no las has aguado hasta el punto de hacerles decir lo contrario de lo que dicen, entonces debes reconocer humildemente que no estás a la altura del Evangelio. Estarás siempre en deuda con Dios. te gustaría conformarte con las palabras de Jesús, pero no eres capaz; está a tu alcance desearlo, pero no realizarlo. Por eso hay que predicar la moral del Evangelio para darse cuenta de que somos incapaces de ponerla en práctica. No haces el bien que quieres y haces el mal que no quieres.


Te confieso que enfrentarse continuamente a este espectáculo de no estar a la altura del Evangelio, cuando el Señor nos invita a ello insistentemente es una situación muy dolorosa. ‘Los héroes están muy fatigados’ y los hombres robustos vacilan. Otra situación es ‘ahorcar’ el Evangelio o tergiversar la Palabra de Dios: entonces estarás en la paz de los cementerios y te distraerás haciendo cualquier cosa. La verdadera solución es la que Jesús te propone en el Evangelio; entonces podrás escuchar de verdad esas palabras que serán para ti una fuente de consuelo: ‘Venid a mí, todos los que os sentís fatigados bajo el peso (de la ley impracticable), y os daré descanso… Encontraréis descanso para vuestras almas. Sí, mi yugo es fácil de llevar y mi carga es ligera”. (Mt 11, 28-30). Es una verdadera liberación y una fuente de alegría profunda derrumbarse a los pies de Jesús, como se tumba uno sobre una cama después de un día de fatiga. Pero si vas a Jesús para arrojarte a sus pies, no tienes que pensar ya en tu fatiga, ni en tus pecados ni en tus preocupaciones; es preciso dejárselos en sus manos entera y totalmente. Entonces se hará cargo de ti y te aseguro que te conducirá al albergue del buen samaritano para cuidarte, alimentarte y consolarte, como sólo él puede hacerlo.


¿Cómo va a hacerlo? Sencillamente descargándote del yugo pesado e hiriente de la ley para invitarte a llevar su yugo que es ligero y fácil de llevar. El yugo de Cristo ESTÁ FORMADO POR SUS DOS BRAZOS QUE SON LA TERNURA Y LA DULZURA. Pero no podrás comprender, ni acoger su yugo, si nos has visto cuán humilde y dulce es su corazón. Tal vez hayas conocido a alguien que sólo sea dulzura y humildad: es desconcertante y te desarma, porque no estás a nivel de esa dulzura insoportable. Necesitas blindarte de verdad para que no se re rompa el corazón y echarte a llorar. Se dice que algunos verdugos no soportan a quien se calla en la dulzura.


Deseo simplemente que te suceda lo que le sucedió a Silvano, el primer año que entró en el monasterio; conoció al Señor en el Espíritu Santo y ese rostro de Jesús dejó en él una impronta imborrable:

‘No puedo olvidarlo. ¿Cómo podría olvidarte? Tu mirada apacible y dulce ha cautivado mi alma; mi espíritu estaba lleno de alegría en el Paraíso donde veía tu rostro… Si el mundo comprendiese la fuerza de las palabras de Cristo: ‘Aprended de mí la humildad y la dulzura’, entonces el mundo entero, todo el universo abandonaría las demás ciencias para no buscar más que esta ciencia divina. Los hombres no conocen el poder de la humildad de Cristo, por eso se vuelven hacia las cosas terrenas; pero el hombre no puede conocer la fuerza de estas palabras de Cristo sin el Espíritu Santo’ (Sophrony).”

Jean Lafrance



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