Los brazos de la Cruz de Cristo

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados…y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. (Mt 11, 28-30)

“(…)

Ir a Jesús para depositar a sus pies tu carga de miserias, de sufrimientos, y de pecados, es la gran decisión de la vida. Nadie te puede obligar, sólo el Padre atraerte y lo hace siempre con dulzura. Tal vez no te sientas demasiado fatigado para venir a Jesús, pues él no da descanso más que a aquellos que no pueden más. Imagínate que has caminado todo el día bajo el cálido sol de Palestina y que a la tarde llegas cerca de un pozo, entonces te tumbas buscando un poco de frescor y de humedad: ‘Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo.’ (Jn 4,6). Las palabras de Jesús, ‘Venid a mí’ sólo las puede entender los hombres fatigados que necesitan una buena cama para descansar.

Me dirás ‘¿Fatigado de qué?. Te contesto sencillamente: Si has tratado de verdad de practicar el Sermón de la montaña, tendrás ganas de descansar. Voy a citarte algunos ejemplos: ‘Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’ (Mt 5,28). Y ‘Sea vuestro lenguaje: ‘sí, sí’, ‘no, no’; que lo que pase de aquí viene del Maligno’ (Mt 5, 37), y también: ‘A quien te pida, da; y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda’ (Mt 5, 42), y finalmente: ‘Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen…Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial’ (Mt 5, 44 y 48), sin hablar de la mejilla izquierda que hay que poner si te pegan en la derecha. Y me permitirás decirte que la lista no se cierra ahí: están todavía las bienaventuranzas, el desprendimiento, la castidad, el espíritu de infancia y muchas otras cosas, sin hablar de la oración continua.


Si de verdad has tratado de llevar a la práctica la centésima parte de las palabras de Jesús, si no has andado con rodeos, o lo que es más grave todavía, si no las has aguado hasta el punto de hacerles decir lo contrario de lo que dicen, entonces debes reconocer humildemente que no estás a la altura del Evangelio. Estarás siempre en deuda con Dios. te gustaría conformarte con las palabras de Jesús, pero no eres capaz; está a tu alcance desearlo, pero no realizarlo. Por eso hay que predicar la moral del Evangelio para darse cuenta de que somos incapaces de ponerla en práctica. No haces el bien que quieres y haces el mal que no quieres.


Te confieso que enfrentarse continuamente a este espectáculo de no estar a la altura del Evangelio, cuando el Señor nos invita a ello insistentemente es una situación muy dolorosa. ‘Los héroes están muy fatigados’ y los hombres robustos vacilan. Otra situación es ‘ahorcar’ el Evangelio o tergiversar la Palabra de Dios: entonces estarás en la paz de los cementerios y te distraerás haciendo cualquier cosa. La verdadera solución es la que Jesús te propone en el Evangelio; entonces podrás escuchar de verdad esas palabras que serán para ti una fuente de consuelo: ‘Venid a mí, todos los que os sentís fatigados bajo el peso (de la ley impracticable), y os daré descanso… Encontraréis descanso para vuestras almas. Sí, mi yugo es fácil de llevar y mi carga es ligera”. (Mt 11, 28-30). Es una verdadera liberación y una fuente de alegría profunda derrumbarse a los pies de Jesús, como se tumba uno sobre una cama después de un día de fatiga. Pero si vas a Jesús para arrojarte a sus pies, no tienes que pensar ya en tu fatiga, ni en tus pecados ni en tus preocupaciones; es preciso dejárselos en sus manos entera y totalmente. Entonces se hará cargo de ti y te aseguro que te conducirá al albergue del buen samaritano para cuidarte, alimentarte y consolarte, como sólo él puede hacerlo.


¿Cómo va a hacerlo? Sencillamente descargándote del yugo pesado e hiriente de la ley para invitarte a llevar su yugo que es ligero y fácil de llevar. El yugo de Cristo ESTÁ FORMADO POR SUS DOS BRAZOS QUE SON LA TERNURA Y LA DULZURA. Pero no podrás comprender, ni acoger su yugo, si nos has visto cuán humilde y dulce es su corazón. Tal vez hayas conocido a alguien que sólo sea dulzura y humildad: es desconcertante y te desarma, porque no estás a nivel de esa dulzura insoportable. Necesitas blindarte de verdad para que no se re rompa el corazón y echarte a llorar. Se dice que algunos verdugos no soportan a quien se calla en la dulzura.


Deseo simplemente que te suceda lo que le sucedió a Silvano, el primer año que entró en el monasterio; conoció al Señor en el Espíritu Santo y ese rostro de Jesús dejó en él una impronta imborrable:

‘No puedo olvidarlo. ¿Cómo podría olvidarte? Tu mirada apacible y dulce ha cautivado mi alma; mi espíritu estaba lleno de alegría en el Paraíso donde veía tu rostro… Si el mundo comprendiese la fuerza de las palabras de Cristo: ‘Aprended de mí la humildad y la dulzura’, entonces el mundo entero, todo el universo abandonaría las demás ciencias para no buscar más que esta ciencia divina. Los hombres no conocen el poder de la humildad de Cristo, por eso se vuelven hacia las cosas terrenas; pero el hombre no puede conocer la fuerza de estas palabras de Cristo sin el Espíritu Santo’ (Sophrony).”

Jean Lafrance



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Contemplación: una mirada al Corazón de Dios

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El hombre es el ser con un misterio en su corazón, que es mayor que él mismo. Está construido como tabernáculo, ceñido de un misterio sagrado. Cuando la Palabra de Dios le pide morar en él, no necesita disponerle artificiosamente su centro. Su ser más íntimo es disponibilidad, escucha, percepción, voluntad de entregarse a mayores, de hacer valer la verdad más profunda, de rendir las armas ante el amor de largo alcance.

Cierto, este santuario está en el pecador abandonado y olvidado, cochambroso, convertido en sepulcro y leonera, y exige un esfuerzo -el esfuerzo precisamente de la oración contemplativa- para desescombrarlo y hacerlo habitable al Espíritu Santo, pero no se necesita construirlo. Ahí está en el espacio vital del hombre desde siempre.

Por eso, la inefable relación del hombre con la Palabra de Dios -con la dicha y admiración inagotables de todos los orantes- comporta siempre de consuno dos cosas: la vuelta al yo más íntimo y la salida del yo al Tú altísimo. Dios no es el Tú como si fuera respecto a mí otro yo extraño. Está en el yo, pero también sobre el yo; por estar sobre el yo como Yo absoluto, está en el yo humano como su más honda raíz y fundamento, “más íntimo a mí que yo mismo”.

“Sin embargo jamás puede el hombre a partir de su naturaleza averiguar la voluntad de Dios, la meta de su vida. Esto sería exigir a la esclava lo que sólo el Señor puede dar. “Como los ojos de una sierva en la mano de su señora, así nuestros ojos en Yahvé nuestro Dios” (Ps 122, 2).”

Esta mirada es la contemplación. Es un mirar adentro, en los hontanares del alma, y, por lo mismo, mirar también arriba, por encima del alma, a Dios. Cuanto más encuentra a Dios, más se olvida el hombre de sí y, no obstante, se encuentra en él. Es un mirar, de hito en hito, pero que siempre y hasta el extremo es un “oír” porque lo contemplado es la persona libérrima e infinita, que desde su profundidad puede siempre donarse libremente de modo nuevo, insospechado e imprevisible. Por eso, la Palabra de Dios no es algo acotado que puede contemplarse a la manera de un paisaje definido; es más bien una novedad constante, como agua de un manantial o como rayos de un foco. Y así “no basta mantener la mirada” y “saber los testimonios de Dios”, sino se toma y se bebe constantemente de las fuentes de la luz eterna” (San Agustín).”

Esto resulta claro para quien ama. El rostro y la voz del amado le son en cada momento tan novedosos como si nunca antes los hubiera visto y oído. Ahora bien, el ser de Dios, que se nos revela en su Palabra, no es sólo para los ojos enamorados, sino en sí, en suma objetividad, lo siempre y cada vez nuevo, la maravilla a la que ni los serafines ni los santos pueden “habituarse” en toda la eternidad y, por el contrario, cuanto más la contemplan, más largo desean contemplarla”.

“Mientras estemos bajo la ley del pecado, esta plenitud llevará siempre un rasgo doloroso. Tenemos que renunciar a lo propio, porque lo propio ataja el espacio que la Palabra de Dios requiere en nosotros. Y la Palabra tiene un carácter combativo: como “espada” y “fuego”-sus propiedades más peculiares- tiene que conquistar en nosotros el lugar sin el que no puede estar.”

Hans Urs von Balthasar. La oración contemplativa.

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