SALMO INICIAL

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Señor,  no estás conmigo aunque te nombre siempre.

Estás allá, entre nubes, donde mi voz no alcanza,

y si a vees resurges, como el sol tras la lluvia,

hay noches en que apenas logro pensar que existes.

Eres un mar lejano que a veces no se oye.

No estás dentro de mí. Siento tu negro hueco

devorando mi entraña, como una hambientra boca.

 

Y por eso te nombro, Señor, constantemente,

y por eso refiero las cosas a tu nombre,

dándoles latitud y longitud de Ti.

Si estuvieras conmigo yo hablaría de  cosas,

 de cosas nada más, sencillas y desnudas,

del cielo, de la brisa, del amor y la pena.

Como un feliz amante que dice sólo: “Mira

qué pájaro, qué rosa, qué sol, qué tarde clara”,

y vierte así en la luz de los nombres su amor.

Pero no. Tú me faltas. Y te nombro por eso.

Te persigo en el bosque detrás de cada tronco.

Te busco por el fondo de las aguas sin luz.

¡Oh cosas, apartaos, dadme ya su presencia

que tenéis escondida en vuestro oscuro seno!


Marcado por tu hierro vago por las llanuras,

abandonado, inútil, como una oveja sola…

Hombre de Dios me llamo. Pero sin Dios estoy.

José Mª Valverde, Hombre de Dios

(Salmos, Elegía y oraciones).

I.N.E.M. Ramiro de Maeztu, Madrid, 1945. Pág. 1.2

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Escuchar la palabra

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El evangelista san Lucas señala que María retiene y conserva todos estos acontecimientos en su memoria, antes de meditarlos en su corazón”. Hay en ella una calidad de escucha, de silencio y de atención que moviliza todas sus energías para acoger al esposo que viene. En María, esta calidad de atención puede llegar hasta la delicadeza de deferencia y la, cortesía del corazón, a fin de esperar la venida de la Palabra hecha carne. El silencio de María en el Evangelio es un silencio hecho de escucha y de atención, un’ silencio de preferencia, que es una castidad de todo el ser ante Dios y para él. Ella presenta sencillamente su corazón desnudo y solitario a la palabra de Dios. En otrós términos, María sabe “leer” la palabra y los acontecimientos en el “desierto de los sentidos” como decía ya Orígenes. En la oración, no hay que dar al corazón profundo otro alimento que la palabra de Dios misma, que la profundidad de la palabra.

¿Por qué ese silencio y esa escucha atenta en el desierto de los sentidos? Sencillamente porque Alguien —Cristo— es esperado y escuchado. Es preciso cavar en nuestro corazón un amplio espacio de libertad capaz de acoger la verdad de Dios. Como esta verdad de Dios desborda nuestros marcos de pensamiento, nuestro corazón no estará suficientemente cavado en profundidad para contener el agua viva de Dios.

La parra de Dios se dirige a nosotros cada día; por eso hay que ese, char su voz y no endurecer el corazón. En la vida, sólo una osa se hace única necesaria: el encuentro y la comunión n la Palabra de Dios hecha carne. Nada debe preferirse este encuentro con Cristo.

Cuando estéis leyendo estas líneas, deteneos y sorprendeos en fragante delito de circuito. Vuestros pensamientos dan vueltas alrededor como en el circuito de las veinticuatro horas de Le Mans. Bosquejáis proyectos, alimentáis deseos y vuestro cine imaginario proyecta fantasmas, con variantes, pero, en definitiva, siempre en el mismo circuito. En cierto momento, es preciso que todo esto cese: paremos el motor y tratemos de escuchar.

Desde hace muchos años tal vez, Dios ha tratado de hablarnos y de hacernos escuchar el canto del Amado a su viña. Quisiera dejar oír su canto, pero su tono, modulado y orquestado de cien maneras diferentes, no consigue franquear la barrera del sonido. Entonces, con ocasión de un retiro por ejemplo, Dios espera que podrá tal vez conseguirlo… Es una cuestión de ritmo y de circuito. Dios tiene el suyo, que gira a velocidad mayúscula, y nosotros tenemos el nuestro. Para percibir el amor loco de Dios, que asedia nuestro corazón, utilizando como única arma de persuasión, la fuerza terrible de la humildad y de la dulzura, hay que romper nuestro circuito, pararse y escuchar.

María es así el modelo de aquellos que escuchan el canto del Amado a su viña, cuando le dice: “Alégrate, llena de gracia”, y para escucharle, ella hace callar a sus pensamientos, a sus preferencias y a sus maneras de ver. No se agita con muchas cosas como Marta sino que se sienta a los pies del Señor para escucharle. Pero, hay maneras y maneras de escuchar y María ha escogido la mejor parte, en el sentido de que no interfiere. nunca el circuito de Dios con sus pensamientos propios: “Como el cielo se eleva por encima de la tierra, así los pensamientos de Dios se elevan por encima de nuestros pensamientos”.

Hay una manera de callarse que no es silenciosa del todo: es el demonio mudo del Evangelio, que tiene sellados los labios como una tumba a causa de su corazón de piedra. Es el reproche constante de Cristo resucitado a sus apóstoles: “No creéis, no me véis, porque tenéis el corazón duro”.Y Jesús se ve obligado a abrir el corazón de sus apóstoles para que entiendan “las Escrituras”. Se. puede hablar sin decir nada, pero se puede también callar porque uno se cierra al otro para no escucharle. Así María habla en la anunciación, cuando el ángel le anuncia que va a ser la madre del Salvador, pero habla para plantear las verdaderas preguntas: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc. 1,34). Es una pregunta abierta a Dios que no cierra el corazón de María. No dice: “esto es imposible”, sino que se abre a otro pensamiento que desborda y supera el suyo.

P. Jean Lafrance [Extracto de…]
“El Poder de La Oración”. Narcea. Madrid. 2000. PP 170 ss.

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