De corazón de piedra a corazón de hijo

Lc 3,7-11. “Dios es capaz de sacar de estas piedras hijos de Abrahán”.

 

Nuestra vida cristiana se mueve en una tensión permanente: la acusación que nos viene de nuestras heridas, debilidades y pecados, que nos encierra en el rechazo del amor, por una parte, y, por otra, la llamada urgente a la santidad: “Dad el fruto que pide la conversión” (v.8a). Esta tensión no se limita a nuestra fe. Toca toda la existencia, también de aquellos que no se profesan cristianos, porque nuestra naturaleza más genuina es ser imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26).A veces esta lucha es tan intensa que te preguntas si podrás corresponder a tu vocación. Pero Juan el Bautista te asegura: “Os digo que Dios es capaz de sacar de estas piedras hijos de Abrahán” (v.8c). Por la muerte y resurrección de Jesús, la obra de la gracia es capaz de sacar de tu corazón de piedra un corazón de hijo. Es un proceso progresivo: ¿Eres consciente de la última piedra que el Señor ha cambiado en ti? ¿Qué parte de tu corazón está transformando en esta semana?

Cuando la gente le pregunta a Juan qué tiene que hacer para que esto pase, él les responde animando a compartir el vestido o la comida. No son leyes morales. Es la constatación de que, como hijos, formamos parte de una familia y que nuestras relaciones, desde que somos tocados por el Amor de Dios, son relaciones de hermanos, capaces de darlo todo por el que pasa necesidad. ¿Qué encuentro te presentará el Espíritu durante esta semana?

 [IVisperas del III Domingo de Pascua]

Fuente, Comunidad Bienaventuranzas.

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Las llagas luminosas de la Resurrección

[…] El Papa Francisco lo reconocía en la homilía del domingo de Pascua: “Pero si el Señor ha resucitado, ¿cómo siguen sucediendo tantas desgracias?”.

¿Podemos entonces vivir ya la resurrección? Sin duda alguna: ¡Sí! La resurrección no es un arrebato que haga desaparecer el sufrimiento. Jesús se aparece a los discípulos con sus llagas, y es en esas llagas, ahora luminosas, que Tomás (Jn 20,24-29) lo podrá reconocer vivo y victorioso del pecado y la muerte.

Tenemos 50 días, todo el tiempo de Pascua, para acostumbrarnos a vivir la resurrección. Pidamos al Señor que nos salga al encuentro. Pidamos al Espíritu poderlo reconocer. Dispongámonos para que en nuestras heridas sean transfiguradas, y que el amor haga brotar ríos de luz y fecundidad por la gracia de la noche de Pascua.

¡Cristo ha resucitado!

¡Verdaderamente ha resucitado!

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[Fuente, extracto: Comunidad de las Bienaventuranzas]

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