Sólo Dios conoce el camino de cada uno

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     […]La santidad no consiste en la práctica de un determinado modelo de perfección que sería idéntico para todos: es el brote de una realidad absolutamente única, que sólo Dios conoce y que sólo Él sabe hacer eclosionar. Nosotros ignoramos en qué consiste nuestra propia santidad, eso no se desvela más que a lo largo del camino, y con frecuencia es algo bien distinto de lo que podríamos imaginar. Hasta el punto de que el mayor obstáculo para la santidad es quizá el de «aferrarnos» a la imagen que nos hacemos de nuestra propia perfección…

  Lo que Dios quiere es siempre diferente, siempre desconcertante, pero a fin de cuentas, infinitamente más hermoso, pues sólo Dios es capaz de crear obras maestras, absolutamente únicas, mientras que el hombre sólo sabe imitar.

    Esto tiene una importante consecuencia. Para acceder a la santidad, el hombre no puede limitarse a seguir unos principios generales que valen para todo el mundo. Es preciso captar también lo que Dios le pide en especial, y que quizá no pide a ningún otro. ¿Cómo detectarlo? De distintas maneras, por cierto: a través de los acontecimientos de la vida, de los consejos de un director espiritual y de otros muchos medios.

    Entre ellos, hay uno cuya importancia fundamental merece una explicación: se trata de las inspiraciones de la gracia divina. En otras palabras, se trata de esas peticiones interiores, de esas mociones del Espíritu Santo en lo más profundo de nuestro corazón, con las que Dios nos da a conocer lo que nos pide, al tiempo que, si accedemos a ello, nos infunde la fuerza necesaria para hacerlo. Más adelante diremos cómo detectar y acoger esas inspiraciones.

     Bien entendido, para llegar a ser santos debemos esforzarnos por obedecer a la voluntad de Dios, tal como se nos aparece en la Escritura, en los mandamientos, etc., de manera general y válida para todos. Pero, como acabamos de decir, es indispensable también ir más lejos: aspirar a conocer no sólo lo que Dios pide a todos de manera general, sino también lo que espera específicamente de mí. Es ahí donde intervienen esas inspiraciones de las que hablamos. Pero es preciso afirmar también que, en lo que concierne al cumplimiento de la voluntad general de Dios para nosotros, esas inspiraciones son necesarias.

     La primera razón es la siguiente: si aspiramos a la perfección, tenemos tantas cosas que practicar, tantos mandamientos y virtudes que poner por obra, que nos es imposible combatir en todos los frentes y, en un momento de nuestra vida es importante saber qué virtud debe ser la prioritaria, no según nuestros criterios, sino según lo que Dios nos pide en realidad, lo que será infinitamente más eficaz. No siempre es lo que pensamos de forma espontánea, y habría mucho que decir respecto a eso: suele ocurrir que hagamos unos esfuerzos desmesurados para avanzar en un punto, cuando lo que Dios nos pide es otra cosa. Por ejemplo, luchamos denodadamente por corregir un defecto de carácter, mientras que lo que Dios nos pide es ¡el de aceptarnos a nosotros mismos con humildad y con paciencia!

     Las inspiraciones de la gracia son muy valiosas, pues nos permiten orientar acertadamente nuestros esfuerzos en la multitud de combates que hemos de entablar… Sin ellas, corremos el gran riesgo de relajarnos en determinados aspectos, o de exigirnos a nosotros mismos más de lo que Dios nos pide, algo que es igualmente grave y más frecuente de lo que parece. Dios nos llama a la perfección, pero no es perfeccionista. Y la perfección no se alcanza tanto por la identificación exterior con un ideal, como por la fidelidad interior a unas inspiraciones.

     Existe una segunda razón demostrada por la experiencia. Con frecuencia no tenemos la fuerza de cumplir la voluntad y los mandamientos de Dios que conocemos y que son válidos para todos. Ahora bien, cada vez que somos fieles en nuestra respuesta a una moción del Espíritu con el deseo de ser dóciles a lo que Dios espera de nosotros -incluso a propósito de algo casi insignificante en sí-, esta fidelidad atrae sobre nosotros un aumento de gracia y de fortaleza que podrá aplicarse a otros aspectos, y que quizá un día nos hará capaces de obedecer a esos mandatos, pues hasta el momento, carecemos de la fuerza para cumplirlos. Podríamos decir que es una aplicación de la promesa de Jesús en el Evangelio: «Siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho» (Mt 25, 23).

 Podemos deducir una «ley espiritual» fundamental: Obtendremos la gracia de ser fieles en las cosas importantes lo que por el momento nos resulta imposible a fuerza de ser fieles en las cosas pequeñas a nuestro alcance, sobre todo cuando esas cosas pequeñas son las que nos pide el Espíritu Santo llamando a nuestro corazón por medio de sus inspiraciones.

     […]Si nos proponemos luchar por lograr algún progreso espiritual según nuestras ideas y nuestros propios criterios, no tenemos el éxito asegurado. Ya lo hemos dicho: entre lo que Dios nos pide realmente y lo que nosotros imaginamos que nos pide, suele haber una enorme diferencia. No obtendremos la gracia para hacer lo que Dios no nos pide, y al contrario, tenemos asegurada su gracia para lo que espera de nosotros: Dios da lo que ordena. Cuando nos inspira hacer algo (si realmente es Él la fuente de esta inspiración), concede al mismo tiempo la capacidad para hacerlo, incluso si nos supera o nos asusta en un primer momento… Toda moción divina, al tiempo que es luz para comprender lo que Dios desea, es fuerza para cumplirlo: luz que ilumina la inteligencia, y fuerza que anima a la voluntad.

Extracto de “En La Escuela Del Espiritu Santo” – Jaques Phillipe.pdf. Fuente: Biblioteca católica Qumram. [Acceso obra completa en link]

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LA PRIORIDAD DE DIOS EN NUESTRA VIDA

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                La existencia humana no encuentra su completo equilibrio y su belleza más que si tiene a Dios por centro. “El primer servido, Dios”, decía santa Juana de Arco. La fidelidad a la oración permite garantizar, de manera concreta y efectiva, esta primacía de Dios. Sin esa fidelidad, la prioridad otorgada a Dios corre el riesgo de no ser más que una buena intención, es decir, una ilusión. El que no ora, de un modo sutil pero cierto, pondrá su “ego” en el centro de su vida, y no la presencia viva de Dios. Se dispersará en multitud de deseos, solicitaciones, temores. Por el contrario, quien ora, aunque tenga que enfrentarse a la carga del ego, a las tendencias de repliegue sobre sí mismo y al egoísmo que nos afectan a todos, reaccionará saliendo de sí y volviendo a centrarse en Dios, permitiéndole que poco a poco ocupe (o recupere) el lugar que le corresponde en su vida, el primero. Encontrará así la unidad y la coherencia de su vida. “El que no recoge conmigo, desparrama”, dijo Jesús (Lc 11,23). Cuando Dios está en el centro, todo encuentra el lugar que le corresponde.

                Dar a Dios una prioridad absoluta frete a cualquier otra realidad (trabajo, relaciones humanas, etc.) es la única manera de establecer un orden justo respecto a las cosas, poniendo una santa indiferencia que permite salvaguardar la libertad interior y la unidad en nuestra vida. De otro modo se cae en la indiferencia, en la negligencia o por el contrario en el apegamiento y la dispersión en inquietudes inútiles.

                El lazo que se anuda con Dios en la oración es también un elemento fundamental de estabilidad en nuestra vida. Dios es la Roca, su amor es inconmovibles, “el Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sobra de mudanza” St 1,17. En un mundo tan inestable como el nuestro, es aún más importante encontrar en Dios nuestro apoyo interior. La oración nos enseña a enraizarnos en Dios, a permanecer en su amor (Cfr. Jn 15, 9),  a encontrar en él fuerza y seguridad, y nos permite también convertirnos en un apoyo firme para los demás.

                Añadamos que Dios es la única fuente de energía inagotable. Por la oración, “aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día”, por decirlo con palabras de san Pablo (2Cor 4,16). Recordemos también al profeta Isaías: “Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas corren y no se fatigan caminan y no se cansan” (Is 40,30). Por supuesto, tendremos en nuestra vida tiempos de prueba y de cansancio, porque es necesario que experimentemos nuestra fragilidad, que nos sepamos pobres y pequeños. Sin embargo, sigue siendo cierto que Dios sabrá darnos en la oración la energía que precisemos para servirle y amarle, e incluso a veces las fuerzas físicas.

[…]

Extracto del libro de JACQUES PHILIPPE,

“La oración, camino de amor”. Rialp, Madrid, 2015. Págs. 23-25.

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